Contenido en tu cinismo, pinta la monotonía de un ámbar rojizo. La cadencia de tu taconeo lejano, relata la historia sinfín de los pasos perdidos en el tiempo, que conducen a ninguna parte.
El tiempo es sólo un engaño del diablo. El diablo es una mujer vestida de bajas pasiones entretejidas, muy ceñidas a su cuerpo. En su mirada están contendías todas las manecillas del mundo, que se han detenido a contemplarla. Ella nunca duerme, pero sueña. Ella nunca se detiene, sólo pausa un poco y sonríe con malicia. En sus manos impacientes guarda todos los recuerdos que se me han escapado. Muy cerca de sus labios se suspenden todas las palabras voluptuosas que he tenido que callar. Alarga las horas de elasticidad unitaria, las enreda y luego las despedaza por diversión. Sólo la envuelve el fuego del arrepentimiendo y de la vehemente espera.
El diablo que es una mujer quiere que olvidemos, escribe nuestro nombre siempre al filo de un precipicio, y se sienta a esperar.Matar el tiempo, de forma lenta y dolorosa preferiblemente. Una vez muerto el tiempo, podría volver a vivir la historia diacrónica de nuestras miradas al cruzarse, cada vez que quisiera. Manipularía entonces el tiempo a mi antojo, para encontrarte por casualidad… ¿Seguiría existiendo la casualidad? Ocasionalmente te regalaría algunas horas de sueño extra.
No quisiera conocerte tanto como para volver cómodos los largos silencios. No quisiera pasar tiempo contigo y compartir mis necios argumentos e incontables manías. Tú, cansada de escucharme, seguramente me mirarías (ahora sin desdén) y moverías la cabeza negando. Negándome a mí, negándote a ti misma al negarme.
No quisiera ser testiga del tiempo que pasa, y no deja de pasarnos. Que nos consume y nos apaga. Es tan cruel que sin ninguna razón aparente, un buen día decidió olvidarnos. Primero a ti, por último a mí. Podrá olvidarte a ti, pero nunca a tu incendiaria mirada. Podrá olvidarme a mí pero jamás olvidará mi insistencia.
EL FIN.